15 de octubre de 2006

Teorías de lo Complejo y liberalismo (y II)

Una vez, eso espero, que tenemos más claro lo que significa la teoría de lo complejo y algunos de los conceptos y cambios que ha introducido este paradigma en la ciencia, pasaré a hablar del liberalismo.
Los orígenes del liberalismo pueden rastrearse según Victoriano Martín Martín en su obra “El liberalismo económico: La génesis de las ideas liberales desde San Agustín hasta Adam Smith”, en dos tradiciones o fuentes:
a) Tradición Inglesa: Que parte de la Escuela Escocesa de Filosofía (Hume, Smith, Fergurson), Josiah Tucker, E. Burke, W. Paley. Su concepción del mundo es empirista y centran su atención en la esencia de la libertad y la espontaneidad junto con la contrastación prueba/error. Su teoría social se basa en la relación hombres-instituciones, que surge de la acción separada de los múltiples individuos sin una intención previa suprema, simplemente de su evolución adaptable.
b) Tradición Francesa: Desde los enciclopedistas, los fisiócratas como Rousseau y Condorcet. Su concepción del mundo es esencialmente racionalista, donde se persigue un fin colectivo o patrón único aceptado por todos. Su teoría social parte de un algo primitivo, que es regulado y cambiado gracias a un sabio legislador y un contrato. Su concepción de la naturaleza humana es la bondad del ser humano y la necesidad de la planificación de la acción humana.

Sin embargo, al igual que toda corriente de pensamiento político, social y económico, el liberalismo es una amalgama diversa y variada donde tienen cabida multitud de opiniones e ideas, es por ello que sólo mostraré las características principales de lo que llamamos liberalismo clásico.
La wikipedia tiene las siguientes entradas en referencia al liberalismo clásico, la cual reproduzco en su integridad:
“El Liberalismo clásico o primer liberalismo es una frase usada para describir ideas formuladas durante los siglos XVII y XVIII, contrario al poder absoluto del Estado y su intervención en asuntos civiles, la autoridad excluyente de las iglesias, y cualquier privilegio político y social, con el objetivo de que el individuo pueda desarrollar sus capacidades individuales y su libertad en el ámbito político y religioso. Su base fundamental se encuentra en la doctrina de la ley natural, cuyo más representativo exponente es John Locke.
Dotado de una alto grado de laicidad, ya que tanto los pensadores cristianos como aquellos que a partir del siglo XVIII adoptaron el ateísmo como postura frente a la religión, estaban vinculados a la reforma de la Iglesia Católica y el cisma protestante de inicios del siglo XVI, con el consecuente alejamiento de la idea de Dios de los asuntos públicos. La religión pasa a ser un asunto privado, alejada de la moral y de la política, con la finalidad de favorecer la convivencia.
Sus bases racionales son el realismo y el empirismo, con mucha mayor atención, por lo tanto, a los cambios observados en los hechos, por lo que se distingue del idealismo y del deductivismo propios del racionalismo continental europeo, más tendente a formular verdades obsolutas. Se trata de un racionalismo analítico, más que justificativo.
Su visión del hombre es relativamente pesimista, suponiéndole una motivación fundamentalmente egoísta en aras de la satisfacción del propio interés.
Dicho laicismo, empirismo y utilitarismo, propios del liberalismo clásico favorecen la convención más que la convicción, mediante un programa político basado en el consenso, por lo que considera la ley y la institución creaciones artificiales, evaluándolas por sus resultados y omitiendo su concordancia con cualquier principio trascendente.
Nace en Inglaterra a mediados del siglo XVII, entre la guerra civil y la revolución de 1688, con la elaboración de argumentos contrarios a la monarquía absoluta y el poder eclesial y su pretensión de monopolio sobre la verdad religiosa.
Los primeros en manifestar estas posturas son los niveladores, pequeños propietarios disidentes del ejército de Oliver Cromwell, constituido en partido político en 1646. Sus ideas centrales hacían referencia a la comunidad política como un conjunto de personas libres que comparten los mismos derechos fundamentales, por lo que el gobierno tenía que basarse en el consentimiento de los gobernados. Como los gobernados son personas racionales, dicho ejercicio de gobierno no podía ser ni paternalista ni intervencionista, sus poderes, por lo tanto tenían que ser limitados, con una clara vocación de protección de los derechos individuales como la libertad de expresión, de religión, de asociación y de propiedad.
El factor religioso también jugó un importante papel en la formulación del liberalismo. En línea con lo anterior, se reclamaba tolerancia y libertad religiosa por parte de los sectores inconformistas de la Iglesia anglicana. Hasta ese momento, reinaba un compromiso doctrinal entre el calvinismo y el catolicismo que permitió la nacionalización política, compromiso que proporcionó en la práctica una dinámica de tolerancia religiosa. Pero en el siglo XVII surgieron importantes discrepancias en el seno de la Iglesia anglicana referentes a su tradicionalismo y autoritarismo, desembocando en el puritanismo, cuyas reclamaciones radicaban en la independencia eclesiástica y en una organización presbiteriana o asamblearia.
Como filosofía personalista e individual, el liberalismo permite que algunos individuos piensen que unos derechos son más importantes que los otros, como en el caso del los defensores del liberalismo social y el liberalismo económico, o de los que entienden que unos y otros no pueden disociarse. Aquí expondré lo que se entiende tanto por social como por económico.
El liberalismo social defiende la no intromisión del estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales no-mercantiles, admitiendo grandes cotas de libertad de expresión y religiosa, los diferentes tipos de relaciones sexuales consentidas, el consumo de drogas, etc. Sin embargo sus detractores objetan el hecho de que no considera valores más allá de la propia voluntad, como los valores religiosos o tradicionales.
El liberalismo económico defiende la no intromisión del estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos (reduciendo los impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, condiciones de trabajo, etc.), sacrificando toda protección a "débiles" (subsidios de desempleo, pensiones públicas, beneficencia pública) o "fuertes" (aranceles, subsidios a la producción, etc.). La impopularidad de reducir la protección de los más desfavorecidos lleva a los liberales a alegar que resulta perjudicial también para ellos, porque entorpece el crecimiento, y reduce las oportunidades de ascenso y el estímulo a los emprendedores. Los críticos, por el contrario, consideran que el Estado puede intervenir precisamente fomentando estos ámbitos en el seno de los grupos más desfavorecidos. El liberalismo económico tiende a ser identificado con el capitalismo, aunque este no tiene por qué ser necesariamente liberal, ni el liberalismo tiene por qué llevar a un sistema capitalista. Por ello muchas críticas al capitalismo son trasladadas falazmente al liberalismo.
¿Cómo es posible entonces que un sistema como el liberal y el capitalismo, basados en el egoísmo y el interés propio, puedan dar cohesión al sistema social y evitar el caos? Las respuestas a estas preguntas trajeron en jaque a muchos pensadores de todos los tiempos, sobre todo como ya hemos venido exponiendo, tanto desde la corriente más anglosajona como desde la visión más francesa o continental.
La concepción británica habla de un “desarrollo gradual de un cuerpo de teoría social demostrativa de que las relaciones entre los hombres y sus instituciones surgían de las acciones separadas de numerosos individuos que ignoraban lo que estaban haciendo, más bien que inventadas u obedeciendo a un plan. Se demostraba así la existencia de un orden que no era resultado del plan de la inteligencia humana ni se adscribía a la invención de ninguna mente sobrenatural y eminente, sino que provenía de la evolución adaptable.”[i] Por el otro lado, la concepción racionalista, cartesiana, “presupone que el hombre originariamente estaba dotado de atributos morales e intelectuales que le facilitaban la transformación deliberada de la civilización”[ii], que “la sociedad civil ha sido formada por algún primitivo y sabio legislador o un primitivo contrato social.”[iii]
La concepción racionalista cerraba la discusión gracias a la colaboración, la cooperación y la voluntad suprema de alguien o algo por dar cohesión y orden al sistema; sin embargo, la concepción inglesa no despejaba ninguna duda, seguía sin saberse como era posible la sociedad en un mundo de individuos egoístas. Entonces, los moralistas escoceses dieron con la solución al dilema, las consecuencias no deseadas, cuyo exponente más claro es la mano invisible de Adam Smith.
Nos dice Smith al respecto:
“Cada individuo en particular se afana continuamente en buscar el empleo más ventajoso para el capital de que puede disponer. Lo que desde luego se propone es su propio interés, no el de la sociedad; pero estos mismos esfuerzos hacia su propia ventaja le inclinan a preferir, de una manera natural, o más bien necesaria, el empleo más útil a la sociedad como tal.
[…] Al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios. No son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presumen de servir sólo al interés público. Pero ésta es una afección que no es muy común entre los comerciantes, y bastan muy pocas palabras para disuadirlos de esa actitud.”[iv]
Pero no sólo el padre de la economía defiende que el perseguir los intereses particulares promueve el bienestar social, otro ejemplo lo tenemos en Francisco de Vitoria cuando nos dice: “El que vive en sociedad o en una sociedad es parte de la ciudad. Luego el que hace algo en bien o en provecho de un particular lo hace también para la utilidad común y pública, así como el que perjudica a un particular perjudica al bien común, del cual aquél forma parte.”[v]
Y es que el orden liberal basado en la libertad económica y política permite el surgimiento de un orden espontáneo donde antes sólo predominaba el caos, como bien indica Paul A. Samuelson en su Economics: “Un sistema competitivo es un mecanismo elaborado para llevar a cabo una coordinación inconsciente sirviéndose de un sistema de precios y mercados, un artificio de comunicaciones por el que circulan los conocimientos de millones de personas distintas. Resuelve, sin inteligencia central, uno de las más complejos problemas imaginables, lleno de intrincadas relaciones y variables desconocidas. Nadie lo proyectó, se desarrolló espontáneamente, y, lo mismo que la naturaleza humana, presenta cambios, pero soporta, por lo menos la primera prueba de toda organización social, puesto que es capaz de sobrevivir. […] El sistema competitivo basado en los mercados y los precios […] no produce el caos y la anarquía, sino que existen en él cierto orden y una línea de conducta. El sistema funciona.”
Partes individuales que no se sabe muy bien como interactúan entre ellas sin una intención previa a hacerlo, ordenes espontáneos nacidos de un caos originario sin necesidad de intervención divina o planificación exterior, sistema abierto que alcanza cotas de organización automática y que aprenden a medida que se equivoca; no estamos hablando acaso de rizomas, auto-organización, sistemas complejos y no-lineales, de autopoiesis, etc.; y no se adaptan perfectamente el capitalismo y el liberalismo a estas concepciones donde el azar, la libertad, el orden como producto del caos, son el pan nuestro de la naturaleza que nos rodea y asombrados empezamos poco a poco a descubrir.
“Cuando las sociedades se han estratificado y precisado cunde la idea de una mano invisible, que articula el interés egoísta con una eficaz asignación de los recursos económicos. Atemperado el egoísmo de cada uno por un sentimiento que Smith llama <>, multitud de esfuerzos individuales sin orden ni control desembocan en márgenes de bienestar superiores a los observados cuando la pauta genérica es pura envidia, y los esfuerzos tratan de planificarse rigurosamente, siguiendo una cadena exterior de mando. La conciencia de esta mano invisible –armonía oculta, superior a la manifiesta (Heráclito), astucia de la razón (Hegel) – inaugura una crítica del control gubernativo, basada sobre el principio de que solo será útil y legítimo si resulta frugal, comedido.”[vi]

[i] Victoriano Martín Martín (2002): El liberalismo económico: La génesis de las ideas liberales desde San Agustín hasta Adam Smith. Editorial Síntesis. Madrid. Pág. 43.

[ii] Idem

[iii] Idem

[iv] Adam Smith (1776): The wealth of Nations, edición en castellano en Oikos-Tau, Barcelona, 1988.

[v] Francisco de Vitoria: De eo ad quod tenetur homo cum primum venit ad usum rationis, 7, en Francisco Vitoria, Obras de Francisco de Vitoria, Relaciones Teológicas, edición crítica por el padre Teófilo Urdanoz, O.P. Biblioteca de Autores Cristianos; Madrid, 1960, págs. 1344-1345.

[vi] Antonio Escotado (1999): Caos y Orden. Editorial Espasa Calpe S.A. Madrid. Pág. 278.

12 de octubre de 2006

Carta abierta a Latinoamerica

Hace ya unos casi 600 años tres naves llegaron a una costa de un continente nuevo e impresionante. Muchos de los soldados que arribaron allí se quedaron asombrados de lo extravagante de la vestimenta de sus pobladores, otros fascinados por la belleza de los parajes, algunos maravillados por la riqueza de la tierra y también hubo quien vio en el descubrimiento de América una fuente de explotación y guerra. Como en todo proceso de colonización e imperialismo, miles de cosas buenas y malas nacen en el momento en que dos culturas comienzan a conocerse. Los años posteriores y los siglos siguientes se transformaron en sentimientos de fascinación, miedo, atracción y repulsión; en colaboración y guerras, en exterminio e imposiciones, etc.

Reconozco que hace unos cuantos años Latinoamérica era una desconocida para mi, más que una desconocida, simplemente no sentía una gran atención por ella. Me considero español y europeo pues creo firmemente en el proyecto de una Europa unida y fuerte; sin embargo, desde que he comenzado a mantener cierto contacto con personas de ese impresionante continente, mi interés hacia la zona ha crecido exponencialmente.

He visto que los lazos creados entre España y Latinoamérica son o deberían ser tan fuertes como los que mi país tiene con todos sus vecinos europeos, incluso pienso que deberían estar al mismo nivel. Muchos siglos de contacto, de conocimiento, de repulsa y admiración mutua nos unen de una forma increíble y fascinante. Y a pesar de que muchos pensadores latinoamericanos consideran que los españoles seguimos viendo Latinoamérica como los territorios perdidos de nuestro Imperio, personalmente considero que esa visión, por lo menos en mi parte es totalmente falsa; como liberal que soy me alegro enormemente que los diferentes pueblos de América del Sur consiguieran su libertad y la capacidad para independizarse. Pero también considero que esa independencia no debe significar olvido, resentimientos, celos o indiferencia, pues como ya he dicho nos unen unos lazos de cultura latina común de un valor incalculable.

Mi admiración y cada vez mayor atención a esa tierra hace que las noticias que llegan de esa zona del mundo me llenen de preocupación. Hacen que reflexione sobre por qué esa parte del globo no parece encontrar la senda del progreso y la paz que tanto se merece y necesita. Advierto que antes de nada que no impongo una visión paternalista e imperial hacia esos países, como suponiendo que esas colonias descarriadas no saben gestionarse y necesitan de España para hacerlo, al contrario, defiendo que deben ser ellos mismos los que hallen las soluciones a todos sus problemas, pero el consejo de un amigo, creo, siempre es bienvenido y sobre todo si se hace desde el respeto por su independencia y el reconocimiento de su capacidad para gestionarse y la afirmación de que disponen del capital intelectual para poder hacerlo. Repito, como casi hermanos que somos no podemos permitirnos los que estamos de este lado del charco mirar para otro lado e ignorarles, sería la actitud más estúpida e injusta.

Percibo, y puedo estar errado por supuesto, que uno de los grandes problemas de Latinoamérica es su falta de unidad supranacional y proyecto en común. Los diferentes países parecen estar más atentos a su parte del pastel que en considerar que todos y cada uno de los diferentes estados forma un pastel más grande e importante. No entiendo como los diversos gobiernos latinoamericanos no se preocupan lo más mínimo por sus vecinos cuando los problemas les asedian, da igual que Argentina entre en una crisis financiera, que Colombia esté infectada por el terrorismo y los cárteles de la droga, que Cuba siga en manos de una dictadura, que México no sea capaz de mostrar un sistema democrático que supuestamente le corresponde a un país de su calibre, que Venezuela tenga un líder que tire piedras contra el único país vecino con el cual tienen mucho que ganar y que intente dividir Latinoamérica entre los pro-imperialista y los anti-imperialistas creando una separación estúpida a la par que muy peligrosa, que Haití y Jamaica vivan constantes revueltas civiles con sus aterradoras matanzas, etc.

Soy consciente de que muchos me dirán que esos problemas son parte de los asuntos internos de un estado-nación independiente y que intervenir en ellos sería una amenaza a la soberanía nacional; pero una cosa es intervenir y otra cosa hacer mover los hilos de la diplomacia con mensajes altos y claros de apoyo y búsqueda de soluciones. Hablo, al fin y al cabo, de un proyecto común, de meter en la cabeza de sus líderes que comparte una casa común y que su gestión necesita que cada uno gobierne su parte y entre todos gestionen el todo.

Bolivia se encuentra en una fase actual de ruptura social y política seria y preocupante, se habla de una posible guerra civil que causaría graves daños primeramente a la propia Bolivia, pero inmediatamente después a sus vecinos más cercanos para acabar afectado a todos posteriormente. Hablo de un fallo en el suministro energético para Brasil, de un movimiento de refugiados de casi un millón y medio de personas hacia Argentina o Chile, a parte de las presiones en sus respectivas fronteras, el retroceso en el comercio continental, etc. Y este es un ejemplo, pero por desgracia, seguro que ustedes pueden citar muchísimos más.

¿Qué les pasa hermanos? ¿Por qué sus partidos políticos y los respectivos líderes no hacen más que radicalizarse y dirigirse hacia los extremos más peligrosos, independientemente de su signo de izquierdas o derechas? ¿Por qué sus respectivos gobiernos parecen ignorarse entre ellos? ¿Por qué el discurso victimista impregna todos los discursos tanto políticos como científico sociales para explicar su desarrollo? ¿Qué puede hacer su vecino más lejano por ustedes? Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

Ustedes, mis queridos y apreciados lectores y amigos latinoamericanos, independientemente de su nacionalidad, como futuro que representan, les motivo a que hagan cualquier cosa, les animo a que se conozcan entre ustedes, a que pasen de sus gobiernos respectivos y creen lazos de hermandad, a que usen esta poderosa herramienta de comunicación para descubrirse, como yo los he descubierto a ustedes, y rompan las fronteras y comiencen a verse como un todo compuesto de muchas partes. A que inicien cualquier cosa que les permita hablar, tratarse como iguales, a emprender proyectos, humildes y de corto alcance seguramente, pero no por ello menos ilusionantes. Son jóvenes, tienen fuerzas, son muy inteligentes y capaces, unan sus fuerzas y cuenten conmigo en todo lo que pueda servirles y ayudarles. Pensemos que podemos hacer y no dejemos vencernos por la idea de que poco podemos aportar.

Y mientras tanto, yo seguiré viendo esa parte del globo increíble y entristeciéndome por cada una de las malas noticias que me llegue.

3 de octubre de 2006

Teorías de lo Complejo y Liberalismo (I)

Lo primero que quiero pedirles es paciencia, se trata de una serie de artículos estos que comienzo muy largos y extensos, muy poco propios de un blog. Pero quiero compartir con ustedes este pequeño trabajo que estoy realizando y necesito de sus opiniones. Gracias por su comprensión.

Este artículo nace con la intención teórica de buscar los puntos de acuerdo, si existen, entre lo que ha venido en denominarse teorías de lo complejo y el liberalismo. Así términos como autoorganización, rizomas, teoría del caos, etc. servirán de contexto teórico para comprobar si el liberalismo se adapta a sus exigencias o, si por el contrario, las ideas liberales de libertad de mercado y libertad política se han quedado anticuadas e inservibles para entender este comienzo del siglo XXI.
Se me presenta por tanto una labor ardua y nada fácil de la cual espero salir airoso, siendo además muy consciente de cometeré multitud de errores y apreciaciones no muy válidas, por lo tanto, aceptaré gustosamente cualquier ayuda, opinión, crítica o aclaración que tengan a bien hacerme llegar.
Comenzaré por ofrecer unas pequeñas definiciones, espero que sencillas y por lo tanto operativas, que permitan al lector saber de qué estamos hablando y a qué nos estamos refiriendo. Para terminar, ofreceré, mejor dicho, intentaré mostrar si es posible seguir con las ideas que propugna el liberalismo tanto económico y político ante las exigencias que suponen las mencionadas teorías de lo complejo, que es al fin y al cabo la intención de este humilde trabajo.

Las teorías de lo complejo han sido definidas de multitud de formas, básicamente se trata de toda una gama de nuevas visiones epistemológicas, metodológicas y teóricas, de claro cariz transdisciplinar, siendo esta característica quizás su peculiaridad más importante, donde ciertas fronteras clásicas en la ciencia están siendo difuminadas e incluso eliminadas. Así se producen una serie de rupturas a niveles epistemológico, metodológico, teórico e incluso disciplinar.
La ruptura se produce en la base misma del conocimiento y la concepción de la ciencia. Se cuestionan las definiciones clásicas de la ciencia, sobre todo en su vertiente más positivista y empirista. ¿Qué significa esto? Antes de la llegada de este paradigma que algunos llaman paradigma de lo complejo, la ciencia estaba definida bajo los postulados del positivismo y el empirismo, aunque tampoco podemos olvidarnos de ciertos posos del racionalismo. El positivismo como corriente primeramente filosófica y posteriormente como visión creadora de ciencia, obligaba al científico a cumplir una serie de requisitos para que su trabajo fuese tildado como tal.
La dimensión epistemológica del positivismo se basaba en:
a) Fenomenalismo: “basado en la confianza derivada de los logros de la ciencia, implica que no hay una materialidad nouménica transcendente, inasequible a la percepción, sino que la realidad es tal como se aparece a los sentidos, que nuestras imagines mentales se corresponden con ella como un retrato académico a su modelo.”[i]
b) Nominalismo: “afirma el carácter artificioso del salto de casos individuales a enunciados universales. Esto implica que los objetos singulares deben ser clasificados y explicados por referencia a entidades teóricas, de las que no existe constancia empírica por ser colectivas (las especies) o intangibles (los átomos). Además, las explicaciones causales de hechos particulares sólo pueden generalizarse si se pueden asimilar a un proceso universal; […].”[ii]
c) Unicidad de método en el saber y en las ciencias: unificación establecida desde un saber o ciencia considerada como modelo.

Posteriormente en el siglo XX, surge el neopositivismo en torno al Círculo de Viena. Se originó en la década de 1920-1930 en torno a Moritz Schlick, siendo sus miembros más destacados Carnap, O. Neurath, H. Feigl (todos ellos filósofos); y Ph. Frank, K. Menger y K. Gödel (físico-matemáticos). Difundieron el positivismo lógico y establecieron vínculos y contactos con la Escuela de Berlín (H. Reichenbach y C. G. Hempel) y los empiristas de Upsala, los lógicos polacos (Lukasiewicz, Adjukiewicz, Tarski), los simpatizantes norteamericanos (Nagel, Ch. Morris, Quine) y los analistas británicos (G. Ryle, A.J. Ayer)[iii].
El neopositivismo lógico se fundamenta en las tesis siguientes:
a) Negación a toda metafísica
b) Fisicalismo y unidad de las ciencias: todo conocimiento científico debe estar basado en los postulados de la física, y es a partir de ahí, de donde deben partir todas las demás ciencias para el conocimiento científico.
c) Verificabilidad empírica: las observaciones realizadas por el sujeto deben ser trasmitidas a los demás para su compresión, y deben ser contrastadas o verificadas empíricamente.

El exponente más claro de este pensamiento es la física clásica o física newtoniana, caracterizada por “la radical separación del científico de la realidad que investiga y, lo que no es menos fundamental, una reducción del ámbito de su estudio a aquello que puede ser medido y manipulado”.[iv] La ciencia newtoniana hizo que durante mucho tiempo, el científico durmiese en la ilusión del orden y la seguridad, “De este modo, la dinámica o mecánica, que ha sido el ejemplo de ciencia clásica por antonomasia, permitía la ilusión de unas leyes universales de la física en las que las trayectorias aparecían como conservativas, reversibles y deterministas. Unas leyes que suponían que el objeto de la dinámica podía llegar a comprenderse en su totalidad con solo conocer la definición de un estado del sistema y la ley que rige su evolución.”[v]
El amargo despertar vino primeramente con la física relativista de Einstein y posteriormente, y de forma definitiva y total, con la física cuántica. De la seguridad y el orden, los científicos se vieron lanzados, de forma dura y amarga, al caos y la incertidumbre saltando por los aires los resortes de la continuidad, la reversibilidad y el orden; pasado, presente y futuro no tienen ya que estar conectados y mucho menos, uno ser consecuencia del otro, se produce la ruptura de la flecha del tiempo clásica: “Según esta nueva caracterización, procesos reversibles serían aquellos a los que no les afecta la flecha del tiempo mientras que procesos irreversibles pasarían a ser aquellos en los que sí tiene influencia dicha flecha.”[vi] Por supuesto, la relación sujeto-objeto se ve también totalmente alterada.
¿Qué es lo que trajo la física cuántica para armar entonces tanto revuelo? Pues algo tan simple y a la vez tan fascinante como la imposibilidad de conocer al mismo tiempo, la velocidad y la posición de una partícula cuántica. “En el mundo de las partículas ya no hay causa y efecto, sino una combinación de posibles, una suma de todo lo que puede ocurrir sin impedimento.”[vii] Esa imposibilidad propia de la física cuántica se conoce como incertidumbre de Heisenberg.
Los físicos se enfrentan por primera vez a algo novedoso para ellos, el azar. El azar significa que no hay determinismo, que la matemática lineal que explicaba los fenómenos de la mecánica newtoniana ya no sirve. Los fenómenos de la física cuántica son no-lineales, es decir, no aceptan las reglas del cálculo diferencial cuyo “campo son fenómenos expresables linealmente, con funciones o curvas simples, periódicas, graduales”[viii]. Es decir, aquellas funciones que permiten en su estudio el uso del diferencial, donde se hace necesario la derivada de la función de estudio y su integral. Sin embargo, “la naturaleza desemboca sin cesar en ecuaciones no-lineales…”[ix].
Las partículas sub-atómicas por tanto parecen no disponer de una ley que explique su comportamiento, el azar introduce un área de libertad, una dimensión de incertidumbre donde, al igual que en el ser humano, la lógica formal no sirve para comprender el fenómeno que pretende describirse. Y es que esa es “una de las principales características de las leyes cuánticas, más allá de estas apariencias, es la de dar libre curso a los posibles. La torre cuántica, cuando se habita en ella, evoca la maravillosa abadía de Thélème, cuya regla había escrito Rabelais: “haz lo que quieras.” Porque ésta es la regla absoluta en el mundo cuántico. Todo es posible y es la única realidad.”[x]
Pero la física de partículas no es la única que se ha visto afectada por la irrupción del azar. De hecho, una de las ramas que más pronto empezó a sentir los efectos de este cambio de paradigma fue la termodinámica, rama en la cual uno de los términos que abordamos en este artículo, la auto-organización, adquiere una importancia capital. Y muy relacionado a nuestro concepto de auto-organización es la transdisciplinariedad. “Si tuviésemos que destacar una de las características más singulares que ofrecen aquellas investigaciones que se han realizado acerca del concepto de auto-organización, sin duda alguna, la primera de estas peculiaridades en reseñarse sería la de transdisciplinariedad.”[xi]
Sobre la historia del termino auto-organización, siguiendo a Livet, encontramos cinco etapas: “La fase cibernética clásica, que tuvo lugar en la década de los cuarenta; la etapa del Biological Computer Laboratory […] y del consiguiente desarrollo de la segunda cibernética, desde 1958 hasta 1976; una tercera fase que contempla dos ramas, la de la teoría de la información (Atlan) y la de la termodinámica de redes (Katchalsky), que cobran difusión en la década de los setenta; la fase de la termodinámica de los fenómenos irreversibles (Progogine y la escuela de Bruselas), igualmente fechable en los setenta por lo que su impacto se refiere; y finalmente, la que comienza en la década de los ochenta conocida con el nombre de neoconexionismo porque en múltiples aspectos retoma los trabajos y reflexiones de Mc Culloch y Pitts en la construcción de redes y que son propios de la primera fase, la denominada como cibernética clásica.”[xii]
El profesor Juan de Dios Ruano Gómez aborda el estudio de la auto-organización en su obra Auto-organización: entre el orden y el caos desde dos puntos centrales de vista, a saber, desde las ciencias de la materia por un lado y por otro desde las ciencias de lo vivo. Posteriormente aplica el concepto de auto-organización al sistema social cuando se enfrenta a cuestiones de pánico colectivo.
La termodinámica clásica se fundamenta en el primer principio de la termodinámica que afirma que la energía ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. La termodinámica así entendida era una ciencia del equilibrio, una ciencia que defendía que todos los sistemas tendían hacia un equilibrio. El segundo principio afirma que “un sistema aislado evoluciona espontáneamente hacia un estado de equilibrio que corresponde a la entropía máxima, es decir, al mayor desorden.”[xiii] Este importantísimo descubrimiento nos lleva, como dicen Progogine y Stengers, al concepto de entropía y de paso a “distinguir tres amplios campos de la termodinámica, cuyo estudio corresponde a los tres estados sucesivos en su desarrollo. La producción de entropía, los flujos y las fuerzas son todos nulos en el equilibrio; en la región cercana al equilibrio, en donde las fuerzas son débiles, el flujo lineal de la fuerza, […]. El tercer campo de estudio se denomina región “no-lineal”, porque en ella el flujo es una función más complicada de la fuerza.”[xiv].
La termodinámica de los procesos irreversibles, la que se encarga de “los flujos que atraviesan ciertos sistemas físico-químicos y los alejan del equilibrio pueden alimentar fenómenos de auto-organización espontánea, rupturas de simetría, evoluciones hacia una complejidad y una diversidad crecientes.”[xv] Un orden a través del desorden, una auto-organización desde un caos inicial que se produce de manera imprevista, pero que puede ser predicha, “Unas estructuras encargadas de disipar energía, es decir, de hacer evolucionar al sistema hacia el máximo desorden y que, paradójicamente, en ese objetivo, en el cumplimiento de su finalidad entrópica, hacen que el conjunto del sistema muestre una coherencia global hasta entonces nunca vista.”[xvi]
Otra teoría de gran significado dentro del paradigma de lo complejo es la teoría de rizomas. Tradicionalmente se ha considerado que conceptos de estructura y sistemas centralizados servían perfectamente para explicar la realidad, sin embargo, a esta visión se opone el concepto de rizoma, “[…] a estos sistemas centrados, se oponen sistemas acentrados, redes de autómatas finitos en los que la comunicación se produce entre dos vecinos cualesquiera, en los que los tallos o canales no preexisten, en los que los individuos son todos intercambiables definiéndose únicamente por un estado en un momento determinado, de tal manera que las operaciones locales se coordinan y que el resultado final global se sincroniza independientemente de una instancia central.”[xvii]
El rizoma participa de una serie de principios:
a) Principio de conexión y heterogeneidad: lo diverso está conectado entre si.
b) Multiplicidad: “el rizoma no tiene sujeto ni objeto, sino únicamente determinaciones, tamaños, dimensiones que no pueden aumentar sin que cambie la naturaliza, no tiene estructura, no hay puntos sino líneas, por eso no se deja codificar.”[xviii]
c) Ruptura asignificante: “Los rizomas están integrados por líneas de segmentariedad y de desterritorialización. Según las primeras el rizoma está estratificado, territorializado, organizado, pero en cualquier momento surgen intespectivamente de las líneas segmentarias líneas de fuga que produce una ruptura y lo desterritorializa, en un movimiento dialéctico y permanente, recomenzando siempre en cualquiera de sus líneas.”[xix]
d) Cartografía y calcomanía: “Los rizomas no siguen un eje genético estructurado reproducible infinitamente a partir de una estructura que codifica, o calcos, sino que constituye un mapa con múltiples entradas, “abierto, conectable en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones”, constituyendo esta una de las características más importante de los rizomas.”[xx]

Vemos que el rizoma es algo que sabemos que está pero que no está físicamente, es aquello que nos relaciona a todos pero sin tener que estar presentes en persona en ese contacto. Mientras que el concepto de estructura se nos impone desde arriba, es decir, nos aglutina obligatoriamente a algo a partir de unas características determinadas, nos asimila y hace desvanecer nuestra esencia personal, el rizoma nos une a lo global sin desdibujar nuestro ser personal, nos enlaza por nuestra forma de ser, nuestras acciones, sin perder ni un momento de vista lo individual.
Una vez, eso espero, que tenemos más claro lo que significa la teoría de lo complejo y algunos de los conceptos y cambios que ha introducido este paradigma en la ciencia, pasaré a hablar del liberalismo.

[i] Juan Manuel Iranzo Amatriaín y José Rubén Blanco Merlo (1999): Sociología del conocimiento científico. CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) y Universidad Pública de Navarra. Madrid. Pág. 41.

[ii] Juan Manuel Iranzo Amatriaín y José Rubén Blanco Merlo (1999): Sociología del conocimiento científico. CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) y Universidad Pública de Navarra. Madrid. Págs. 41-42.

[iii] Manuel Cruz (2002): Filosofía contemporánea. Taurus Pensamiento de Editorial Santillana S.A, Madrid.

[iv] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. A Coruña. Pág. 22. Cursivas de Ilya Progogine y Isabelle Stengers (1990): Entre el tiempo y la eternidad. Alianza Editorial. Madrid citado en Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña.

[v] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 23.

[vi] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pags. 42-43.

[vii] Georges Charpak y Roland Omnès (2004): Sed sabios, convertíos en profetas. Editorial Anagrama. Barcelona. Pág. 68.

[viii] Antonio Escotado (1999): Caos y Orden. Editorial Espasa Calpe S.A. Madrid. Pág. 70.

[ix] Antonio Escotado (1999): Caos y Orden. Editorial Espasa Calpe S.A. Madrid. Pág. 70

[x] Georges Charpak y Roland Omnès (2004): Sed sabios, convertíos en profetas. Editorial Anagrama. Barcelona. Pág. 111.

[xi] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 5.

[xii] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 5.

[xiii] Ilya Prigogine (1988): ¿Tan sólo una ilusión?. Una exploración del caos al orden. Tusquest. Barcelona citado en Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág.33.

[xiv] Ilya Progogine y Isabelle Stengers (1990): La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Editorial Alianza. Madrid citado en Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 33 nota a pie de página número 24

[xv] Ilya Progogine y Isabelle Stengers (1990): La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Editorial Alianza. Madrid citado en Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 39.

[xvi] Juan de Dios Ruano Gómez (1996): Auto-organización: entre el orden y el caos. Servicio de Publicaciones de la Universidad de A Coruña. Pág. 39.

[xvii] Raiza Andrade et. al.: El paradigma de lo complejo publicado en Cinta de Moebio la Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, número 14, septiembre del 2002. págs. 16-17.

[xviii] Raiza Andrade et. al.: El paradigma de lo complejo publicado en Cinta de Moebio la Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, número 14, septiembre del 2002. Pág.17

[xix] Raiza Andrade et. al.: El paradigma de lo complejo publicado en Cinta de Moebio la Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, número 14, septiembre del 2002. Pág. 18.

[xx] Raiza Andrade et. al.: El paradigma de lo complejo publicado en Cinta de Moebio la Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, número 14, septiembre del 2002. Pág.18.

20 de septiembre de 2006

El principio de precaución

Cayó en mis manos de forma fortuita un libro maravillosamente maquetado y diseñado, que aparte de su atractivo estético, reúne otros valores quizás más importantes para decidirse por su compra y lectura. Comenzaré por los personales y los más subjetivos, evitando así que las críticas de favoritismo que pueda mostrar por la recomendación ya las realice yo, dejando aquellos que quieran rebatir algo, la obligación de leerse el libro y dedicar nuestro tiempo de debate a cosas más provechosas. Como decía, existe una clara excusa personal para recomendar este libro, y es que está editado y coordinado por el profesor de la Facultad de Sociología de la Universidad de la Coruña, Juan de Dios Ruano Gómez, ex-docente mío y un verdadero maestro en el sentido clásico de la palabra. Sin embargo, su presencia también tiene una valoración mucho más objetiva, y es reflejo de que su nombre en una publicación es la seguridad de que lo que nos vamos a encontrar no nos dejará indiferentes, para bien o para mal, y que además, nos hallaremos ante uno de los pocos teóricos sociales en Galicia interesado por un tema apasionante como es la teoría de catástrofes y la sociedad del riesgo.
La obra recoge una serie de artículos en torno a un tema común, la catástrofe del Prestige, y un interés determinado que deja muy claro el título de la misma: “Riesgos colectivos y situaciones de crisis: el desafío de la incertidumbre”.
Para este artículo he escogido el capítulo primero, titulado “El principio de precaución” del profesor César Cierco Seira, investigador “Ramón y Cajal” del Ministerio de Educación y Ciencia y docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Lleida. ¿Por qué este capítulo y este tema en concreto? Veámoslo.
Hace unos días atrás Pato me pidió que enlazase un blog de un amigo suyo, Reflex, y así lo hice. Y como no, también leí lo que en dicha bitácora virtual me encontré. Allí el autor hablaba sobre la necesidad de la creación de una institución pública en su país para gestionar el medio ambiente, una especie de Ministerio de Medio Ambiente como tenemos en España. El siguiente artículo y que ahora mismo es el último publicado, tiene como tema la necesidad de una integración entre las dos dimensiones del ser humano: su parte natural y su parte social; intentado desterrar tanto la visión naturalista como antropocéntrica de las ciencias naturales y sociales. Llevaba también implícito, o así creo haberlo entendido yo, como podemos hacer posible esta nueva visión de la dimensión humana en su relación entre el medio ambiente y el sistema económico actual. En esta pregunta es donde el artículo del profesor César Cierco Seira me ha mostrado una posible solución.
El principio de precaución podemos definirlo como una forma de actuar para intentar prevenir resultados no deseados, es decir, una nueva forma de gestión ante los futuros riesgos y las posibles crisis. Nace como consecuencia “de un nuevo sentir colectivo ligado a la voluntad de anticipar la acción del Estado a la concreción de nuevos riesgos o amenazas que ponen en jaque la salud o el medio ambiente…”[1]. Como bien señala el autor, sus orígenes tienen un claro poso en la defensa del medio ambiente, ya que sus referencias se remontan a la Carta Mundial de la Naturaleza, y mucho más claramente, en la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo.
Dicho principio supone que existen una serie de bienes colectivos como el medio ambiente o la salud pública, que deben ser amparados jurídicamente y protegidos de los posibles males que puedan serles causados, evitando así la posibilidad de un mal mayor o riesgo colectivo serio como fueron la SARS (neumonía asiática) o la llamada crisis de las vacas locas en Europa. Permite por lo tanto, la toma de medidas de anticipación y gestión previas al estallido de una crisis o una catástrofe, a pesar de que en el presente, la mera idea de esas situaciones esté llena de incertidumbre e incluso una explicación científica de la misma sea complicada. “El principio de precaución permite adoptar medidas contundentes, en ocasiones drásticas (piénsese así en el cierre de establecimientos, el sacrificio de animales, sin descartar la compulsión sobre las personas a través de la puesta en cuarentena, el internamiento forzoso, etc.); y no sólo eso, permite hacerlo de manera anticipada, antes de que los eventuales efectos dañinos lleguen a concretarse, con todas las ventajas que porta de suyo la intervención ex ante.”[2]
Evidentemente, como se habrán dado cuenta los lectores más avispados, esto supone también, al igual que señala el autor, un arma de doble filo, pues puede ser usado de forma maliciosa para medidas proteccionistas del libre comercio o la reducción de libertades personales e individuales.
Nos hallamos por tanto ante una serie de dudas y preguntas como quién debe ser en responsable de su aplicación, cuando debe ser aplicado, etc. Líbreme la presuntuosidad intelectual de tener una respuesta clara a estas preguntas, la cual prefiero dejar para los expertos jurídicos y políticos. Sin embargo, si tengo una serie de ideas al respecto, que no son más que meras opiniones al respecto.
La responsabilidad y la legitimidad de acción deberían caer en un organismo público totalmente independiente del gobierno de turno. Se debe evitar en todo momento que las decisiones de dicho organismo, con peligrosas consecuencias si no se aplican correctamente, dependan directamente del color político del Gobierno, de las influencias políticas y del juego por el poder que caracteriza la contienda electoral. ¿Se puede lograr? Quizás no totalmente, pero se debe poner todo el empeño en conseguirlo. Su funcionamiento por otra parte, debería poder contar con las opiniones tanto del lado científico del problema a prevenir como de los posibles afectados y perjudicados por las medidas que se adopten al respecto.
A la hora de su aplicación debe imponerse la razonabilidad, que César Cierco Seira describe como:
a) ante todo medidas pertinentes
b) no discriminatorias
c) coherentes
d) eficientes
e) proporcionales al problema a evitar
f) principio in dubio pro libertatis, es decir, entre medidas iguales de eficientes, elegir aquellas que supongan la menor injerencia o restricción de las libertades individuales.
g) provisionalidad
h) compensación justa.

La posible fricción entre posiciones liberales y este principio de precaución serán objeto de análisis en posteriores artículos, pero de momento, creo que este principio supone una posible respuesta, por lo menos en apariencia, a la pregunta lanzada desde el blog Reflex.

[1] César Cierco Seira: “El principio de precaución” en Juan de Dios Ruano Gómez (ed.): Riesgos Colectivos y situaciones de crisis: el desafío de las incertidumbres”. Servicio de Publicaciones de la Universidad da Coruña. A Coruña. Monografía 108. pág. 17.
[2] Ibid. Pág. 19.

10 de septiembre de 2006

Más técnicos, menos sociólogos

Mi afán polémico adquiere cada día aspectos desconocidos e incluso sorprendentes, pero qué seria de la vida sin un poco de salsa picante. Es así que leyendo “Cuentos Chinos. El engaño de Washington y la mentira populista en América Latina” de Andrés Oppenheimer, me encontré con una pequeña perla que me hizo brillar los ojitos y esbozar una maliciosa sonrisa, cómo dejar pasar un texto con tan sugerente título “MÁS TÉCNICOS, MENOS SOCIÓLOGOS”. De esta forma, aún con el riesgo de exponerme a una demanda por derechos de propiedad intelectual, expongo completo el texto anteriormente citado para que ustedes saquen sus propias conclusiones, yo por mi parte puedo decir que me ha parecido delicioso. Que lo disfruten.

MÁS TÉCNICOS, MENOS SOCIÓLOGOS
¿Qué fue, entonces, lo que hizo progresar tanto a Irlanda en tan poco tiempo? ( el autor repasa el milagro del desarrollo irlandés, intentando buscar sus causas y ver si es posible una extrapolación para copiar dicho modelo a Latinoamérica) Además del Acuerdo Social, Irlanda eliminó las trabas que obstaculizaban el establecimiento de empresas, convirtiendo al país en uno de los más amigables para las inversiones extranjeras. Hoy día, para abrir una empresa en Irlanda hacen falta sólo tres procedimientos legales que se realizan en un promedio de doce días, según las tablas del Banco Mundial. Comparada con México, donde se requieren siete trámites legales y cincuenta y un día, o Argentina donde hacen falta quince trámites burocráticos y sesenta y ocho días, Irlanda es el paraíso para las inversiones extranjeras.
Otros factores clave de las políticas de Irlanda para atraer las inversiones extranjeras fueron el apoyo estatal a la investigación universitaria de productos con posibilidades comerciales y los lazos tendidos por el gobierno a la diáspora irlandesa –sobre todo en Estados Unidos – para atraer empresas al país. Tras desregular la industria de las telecomunicaciones, que hizo bajar enormemente el coste de las llamadas telefónicas internacionales y las conexiones por Internet, y recortar los impuestos corporativos, Irlanda se propuso como política de Estado atraer a las principales empresas de informática del mundo. Y para poder abastecerlas con mano de obra cualificada, los sucesivos gobiernos invirtieron fuertes sumas en las décadas de 1980 y 1990 para estimular las carreras universitarias de ciencia y tecnología, creando dos nuevas universidades y dándoles más dinero a las existentes.
Antes de su entrada en la UE, Irlanda al igual que los países latinoamericanos de hoy, tenía un enorme porcentaje de sus estudiantes en carreras vinculadas a las ciencias sociales. Pero el país resolvió que necesitaba más científicos y técnicos, y menos sociólogos. En la década de 1990 el número de estudiantes que siguen carreras de ciencias y tecnología aumentó en más del ciento por ciento. Los estudiantes de informática, por ejemplo, aumentaron de 500 en el año 1990 a 2.000 en 2003, según cifras oficiales.
“Desde la década de 1970, cuando entramos en la Unión Europea, hemos tenido una política de estado deliberada en el sentido de destinar más recursos a las escuelas de ingeniería y las ciencias – me señaló Dan Flinter, el presidente de Enterprise Ireland, una especie de Ministerio de Planificación del gobierno irlandés –. Lo hicimos mediante la creación de dos nuevas universidades, específicamente destinadas a estas carreras.”
Desde la escuela primaria, los maestros irlandeses –siguiendo las orientaciones del Ministerio de Educación – incentivan al estudio de las carreras técnicas utilizando cualquier excusa, me comentaron varios padres de niños en edad escolar. Por ejemplo, una tarea típica para los estudiantes es analizar un concierto de rock de U2 desde decenas de aspectos técnicos: desde la fabricación del podio donde tocan los músicos, hasta la acústica del local, pasando por los detalles comerciales administrativos del evento. Otra tarea se centra en el estudio del club de fútbol favorito de cada estudiante, incluyendo la construcción de un estadio, su contabilidad y administración.
El énfasis nacional sobre la educación en los últimos años produjo un impacto cultural enorme, al punto de que los principales periódicos del país dedican varias páginas al día a noticias educativas, como debates de expertos en torno de los rankings de las mejores escuelas del país, o críticas de escuelas primarias, secundarias o universidades hechas de forma parecida a las críticas musicales o artísticas.
El gobierno apoyaba fuertemente las investigaciones científicas y técnicas que tuvieran posibilidades comerciales. Según Flinter, el encargado de la agencia de planificación económica irlandesa, una de las principales responsabilidades de su agencia era identificar proyectos de investigación promisorios en las universidades y aportarles fondos para que pudieran concretarse. Como promedio, Enterprise Ireland invierte fondos estatales en unos setenta proyectos en distintas universidades para el desarrollo de productos con posibilidades comerciales, me explicó. Por ejemplo, en ese momento, la agencia acabada de constituir un fondo de inversión con empresas privadas para el desarrollo de un proyectos de informática con aplicaciones para teléfonos celulares. “¿Qué significa eso?”, pregunté. “Significa que, junto otros socios, hemos dado un millón de euros a un equipo de investigadores del Trinity Collage para que desarrolle una aplicación concreta de un programa par que pueda ser usado para juegos en teléfonos celulares – respondió Flinter –. Le damos al equipo de investigadores de seis a nueve meses para que desarrolle la aplicación, luego hacemos las pruebas y después salimos a ofrecer el producto a las empresas de telefonía celular.”
A medida que aumentaba el número de proyectos y varios de ellos resultaban en éxitos comerciales, Enterprise Ireland vendía sus acciones en las empresas y, con suerte, recuperaba con creces su inversión original. En un buen año, la agencia de planificación irlandesa recaudaba cien millones de dólares de la venta de acciones en las empresas embrionarias que participaba. Eso representaba un tercio del presupuesto total de la agencia estatal, que cuenta con novecientos empleados públicos y 34 oficinas comerciales en todo el mundo para la promoción de las exportaciones irlandesas.
[…]

Ahora les toca a ustedes decir que piensan al respecto.

8 de septiembre de 2006

J.F. Lyotard y la postmodernidad:una visión demasiado catastrofista

Jean-François Lyotar es un filósofo y sociólogo francés reconocido a nivel mundial por ser uno de los fundadores de lo que se ha denominado postmodernidad. Una definición de postmodernidad resulta muy difícil, pues se trata de un concepto donde tienen cabida multitud de movimientos, ideologías, opiniones, etc. pero si algo lo caracteriza todo es su crítica a la Modernidad que le precedía. Así que, a riesgo de caer en un simplismo ofensivo para el lector experto, podemos afirmar que la postmodernidad es la crítica a los postulados de la Modernidad del siglo XIX.
¿Qué es lo que se le critica? Pues que todas las promesas y sueños que los ideales modernos auguraban no se cumplieron durante el siglo XX, pero lo que es más, las ideas centrales de verdad, conocimiento científico, razón, universalismo, etc. no pueden seguir siendo usados como legitimadores del devenir social. Lyotard en su libro “La condición postmoderna”, en un discurso con claras referencias a Emile Durkheim, nos dice que en toda sociedad existe un centro legitimador, que se conoce como metarrelatos, que cohesionan y articulan el todo social. Así, en las sociedades premodernas el metarrelato era de origen mítico y religioso, en la modernidad ocupan su lugar los metarrelatos basados en la Razón Ilustrada. ¿Y cuales son esos metarrelatos de la Modernidad?, pues el principio de emancipación de la ignorancia y la servidumbre por medio del conocimiento y la igualdad; el principio de emancipación de la pobreza por el desarrollo técnico y económico del sistema capitalista; y por último, el principio de emancipación de la explotación gracias al discurso marxista. En la postmodernidad estos metarrelatos se han mostrado falsos y ya no tienen capacidad legitimadora. Esa es la principal característica de la postmodernidad.
Lyotard nos dice que todo se debe a que la verdad, el conocimiento, ha pasado por una transformación radical y totalmente destructiva. La TEORÍA, es decir, el conocimiento meramente especulativo, metafísico, el pensar por el pensar ha desaparecido por un tecnicismo radical que nos ha llevado del “sapera audare” al “¿para qué sirve esto?”. Como muy bien indica Manuel Cruz: “Aquellas viejas narraciones, entre autocomplacientes y consoladoras, que integraban la instancia gnoseológicas y la moral en una global historia de la evolución del Espíritu (o de la Humanidad) han dejado paso a la cruda constatación del carácter de fuerza productiva central que ha adquirido la ciencia en las sociedades industriales avanzadas, a la evidencia incontestable de que el conocimiento tiende a ser traducido en cantidades de información, las cuales a su vez, circulan en el mercado como una mercancía más que se compra y se vende. […] Ha roto su vinculación con determinados ideales para abandonarse al sistema productivo: ha sumido de esta forma sus criterios de rentabilidad y eficacia.” En otras palabras, Lyotard habla de una victoria de la tecnociencia capitalista: “No es la ausencia de progreso, sino, por el contrario, el desarrollo tecnocientífico, artístico, económico y político lo que ha hecho posible el estallido de las guerras totales, los totalitarismos, la brecha creciente entre la riqueza del norte y la pobreza del sur, la desculturización general con la crisis de la Escuela, es decir, de la transmisión del saber…”.
Y como las bases centrales de la Modernidad se han mostrado falsas y han perdido capacidad legitimadora, el discurso que sigue a la Postmodernidad es el relativismo extremo. La idea de Occidente de la Ilustración es falsa y no sirve, entendiendo por esto que la ciencia, la política, la sociedad, el pensamiento, el sistema económico, etc. occidental no es válido ni aceptable. Se impone el relativismo extremo. Y es así como se produce lo que yo llamo “la gran confusión”. Explicaré a qué me refiero con esa expresión más adelante, ahora me centraré en criticar la visión que ofrece Lyotard.
El pensador francés nos ofrece en resumidas cuentas la siguiente idea: la Ilustración se ha vendido a su propio cáncer, que no es otro que el sistema de producción capitalista. Así, el conocimiento se ha transformado en comunicación, más en concreto en información, y toda información debe ser útil por su aplicaciones no por su valor intrínseco. Se trata, por lo tanto, de un discurso marxista escondido propio de un marxista defraudado por el propio marxismo. Pero cuidado, las palabras de Lyotard no pierden valor por tener una esencia marxista, sino por aplicar de manera estupenda los postulados de la postmodernidad que defiende.
Cuando Lyotard defiende la Teoría por encima de la praxis, el conocimiento como una metafísica superior de la praxis, cae en el riesgo que supone la mera especulación. Cómo sino explicar la gran mentira que supone decir lo expresado en la cita anterior, afirmando que los problemas del mundo actual son el resultado de la victoria de la tecnociencia. Cómo puede uno afirmar lo afirmado y quedarse tan tranquilo, tan relajado sin aportar pruebas, sin quedarse en la mera retórica. Fácil. El hacerlo supone para Lyotard su propio fin.
Las afirmaciones anteriores no se sustentan bajo la evidencia empírica, porque las guerras totales son algo del presente y del pasado. Acaso, como definiríamos sino los enfrentamientos entre Alejandro Magno y el Imperio Persa, o el Imperio Romano contra Cartago; todo el mundo “conocido” de aquel entonces se encontraba en guerra, se trataban de guerras totales como lo han sido las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX. Algo más difícil es lo referente a la brecha entre la riqueza del norte y la pobreza del sur. El problema que plantea aquí Lyotard padece de simplismo, y así lo haré ver en un artículo que publicaré más adelante sobre un texto de Xavier Sala i Martín al respecto sobre los mitos que existen en torno al tema de la manida brecha entre ricos y pobres. También es un mito la desculturización de la Escuela. Este discurso se lleva oyendo desde que existe la institución. Todas las generaciones anteriores afirman que los contenidos que se imparten en las instituciones educativas son peores que los recibidos por ellos. Que las generaciones futuras no leen a los clásicos, no aprenden latín ni griego, que desconocen la historia antigua y tienen mera idea superficial de la historia posterior, etc. Es decir, las generaciones jóvenes no tienen conocimientos verdaderos ni válidos, desconocen el verdadero conocimiento, que por supuesto, si poseen las generaciones mayores. Pero, entonces cómo es posible la física cuántica, la genética, la bioquímica, la nanotecnología, la informática, etc.
El discurso de Lyotard es un discurso victimista por un lado y peligroso por otro. Victimista porque creo que se trata del pensamiento de un hombre incapaz de comprender el mundo que le rodea, que se encuentra perdido y confuso, que ha sido incapaz de adaptarse o que no ha querido hacerlo, a las exigencias que la actualidad y el futuro nos exigen. Parece la pataleta de un niño que no entiende porque su mundo, el mundo imaginado o deseado por él no se cumple o no se ha cumplido, y ante los problemas de observa, al no disponer de las herramientas necesarias para su análisis, que le impiden una comprensión mejor de ellos, opta por el discurso ideológico y meramente filosófico, que no carente de valor, si debe ser tratado como de lo que realmente se trata: simple discurso metafísico, pero no científico. Peligroso, porque de ese discurso se desprenden ideas como el multiculturalismo, el relativismo radical, el criticismo al quehacer científico, etc.
Aunque la idea central del multiculturalismo pueda ser válida, no debemos olvidar como bien defiende Giovanni Sartori no todas las culturas son válidas, ni todas las prácticas culturales deben ser aceptadas. ¿Podemos permitir la sharia en occidente, o la mutilación del clítoris, etc.? ¿Deben aprender los niños indiferentemente de su credo la teoría de la evolución?. Esas preguntas nunca deben ser contestadas desde el multiculturalismo.
El relativismo pueden hacernos pensar que valores capitales como la libertad y la igualdad, por ejemplo, no son aceptables, que pueden ser discutidos y rebatidos, que no son conceptos universales, pero incluso, podemos llevar ese discurso sobre la vida y la muerte, etc.
El criticismo científico ya lo he tratado hace dos post en este mismo blog, pero diré que cuidado con los demagogos, los charlatanes, los discursistas del mensaje vacío. La ciencia no es la verdad absoluta, desde luego, pero es el camino que más se le acerca. Es por todo esto que el postmodernismo es una visión vacía y alejada de la realidad. Se trata de un pensamiento que todo lo critica pero que es incapaz de demostrar y ofrecer nada, porque su propia esencia es nada. Si no hay nada absoluto, si no hay posibilidad ya de ciencia, de conocimiento, si la praxis ha acabado con nosotros y la teoría se queda en mera especulación, el postmodernismo sólo ofrece lo que ofrece la religión: espíritu. Cómo vamos a pedir a un discurso meramente metafísico resultados, caminos, soluciones prácticas, eso sería como pedir peras a un olmo.

30 de agosto de 2006

Lo complejo no es sinónimo de relatividad

Mi buen amigo Pato ha tenido la amabilidad de recomendarme una lectura sencillamente deliciosa e interesantísima: El paradigma de lo complejo, publicado Cinta de Moebio la Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, el artículo está escrito por Raiza Andrade et. al.
Principalmente el artículo sirve como una estupenda guía de orientación para todo aquel investigador que de golpe se ve asediado por conceptos y teorías de lo que se ha llamado Teoría de la Complejidad. Así si uno se pierde y no logra entender por qué todo el mundo habla de caos, orden, atractores extraños, sistemas abiertos y cerrados, autopoiesis, auto-organización, ruido, comunicación, resonancia, redundancia, ruido, incertidumbre, probabilidades y todo un etc. de nuevas propuestas epistemológicas, metodológicas y teorías variopintas no opte por el suicido intelectual, o lo que sería peor, el suicidio físico.
Indudablemente del valor pedagógico y educativo del artículo o del común acuerdo o no con el que uno acepte la revolución del paradigma de lo complejo, una duda me atenazó cuando terminé su lectura: ¿no estaremos confundiendo un cambio de paradigma científico con una destrucción de la ciencia, en los más puros términos postmodernistas, llegando incluso al relativismo más exacerbado?.
Las teorías de lo complejo suponen una nueva forma de hacer ciencia, de lograr conocimiento científico, pero ello no desacredita o no debería desacreditar lo que se está abandonando, en este caso, la física newtoniana o física clásica. Las fórmulas de la gravedad de Newton siguen magníficamente explicando la caída de los cuerpos, aunque si bien es cierto, se ven incapaces de revelar lo que ocurre a nivel subatómico o con cuerpos muy grandes como los astros. Se hace necesario así que para poder explicar el comportamiento de los quarks nazca una nueva teoría como es la física cuántica y que para explicar el espacio-tiempo, Albert Einstein hable de física de la relatividad. Sin embargo esos descubrimientos no desacreditan a Newton, sino prueben a tirarse de un cuarto piso y cuando lleguen al suelo verán que el viejo físico inglés tenía razón el maldito.
Lo que parece que cambia es la forma de hacer ciencia, estamos entonces en una revolución metodológica y epistemológica que nos obliga a replantearnos los conceptos de ciencia y verdad o conocimiento científico, incluso a demostrar si la igualdad aceptada de conocimiento científico igual a verdad. Se produce así un desmoronamiento total de los principios del empirismo y el positivismo, que por lo visto puede llevarnos a un terreno mucho más peligroso: el relativismo. No hay verdad, todo es relativo. Y si bien es cierto que no hay cosas blancas ni negras, que todo es cuestión de matices de grises, no todo camino ni todo pensamiento relativo es ciencia. Entonces surgen las grandes preguntas: ¿qué es ciencia? ¿qué es conocimiento científico? ¿cómo podemos llegar a ese conocimiento si existe?.
No esperen de mi que de unas respuestas claras y contundentes a estas preguntas, pues ni tengo las capacidad necesarias ni los conocimientos mínimos para hacerlo. Pero si me gustaría hacer de Pepito Grillo ante las voces que están surgiendo en respuesta a esas preguntas y a la valoración que se hace de la ciencia y el conocimiento científico.
He leído ya en multitud de lugares que “la ciencia ha muerto, viva la ciencia”, en claro sentido a que hemos enterado un tipo de ciencia y ha surgido otro tipo de ciencia. Aceptable hasta ahora, pero cuidado, ¿qué tipo de ciencia está naciendo?, o lo que es peor, ¿qué tipo de ciencia piensan algunos que está naciendo?. Muchos pensadores y filósofos han llegado al punto de decir que para llegar al conocimiento científico ya no es necesario la experimentación ni la demostración. Este resurgir de lo teórico, de idealismo al más puro estilo de Hegel es peligroso, pues se olvida que aunque una teoría pueda aceptarse sin experimentación y demostración, puede quedarse en mera teoría metafísica y no suponer conocimiento científico. Bajo este supuesto, si yo pienso que el mundo ha sido creado por Dios, la teoría creacionista, no tengo que demostrar ni experimentar nada para validar dicho conocimiento, y por tanto puedo otorgarle el rango de científico y por tanto, que sea aceptada por verdad. Un acto de fe se convierte en condición necesaria. Esto es algo que la ciencia jamás podrá aceptar.
Cuando leemos que rompemos con los esquemas tradicionales de la ciencia, no debemos entender que debemos obviar la demostración y la experimentación. Y quiero dejar claro que es necesario tanto la demostración como la experimentación. Puedo tener una teoría que permita la demostración, como la existencia de Dios de San Agustín o la demostración matemática, pero no puedo decir si ese fenómeno es cierto o no hasta que lo experimente.
Sé que ahora mismo más de uno me estará acusando de positivista radical y empirista burdo, pero no maten al ladrón hasta juzgarlo primero más a fondo. La probabilidad de que ocurra un fenómeno también es experimentación. Puedo determinar que la probabilidad de que un fenómeno ocurra sea de x %. Esto supone dos cosas importantes a la hora de concebir la nueva ciencia: a) la exactitud deja de existir como lo entendían los postulado de la ciencia clásica ; b) el conocimiento científico existe, pero sus resultados son probabilidades.
Yo puedo ofrecer una probabilidad sobre un fenómeno, utilizando diversas herramientas a mi alcance, y eso es lo que me diferencia del teórico puro, del idealista, del metafísico, del conocimiento dogmático o condicionado por la fe. No puedo demostrar las probabilidades de la existencia de Dios, pero si de donde estará una partícula, de una magnitud económica, de cuanto aumentará la natalidad, del número de pobres, del grado de cohesión de un grupo, etc.
Hemos pasado de un estado binario de 0 y 1 a un estado donde existen los intermedios, pero ello no implica que todo sea relativo. La ciencia sigue siendo el único camino válido para el conocimiento científico, aunque sea en términos de probabilidad y no por ello esto debe suponer el fin de ella; al fin y al cabo, lo que pasa es que por primera ciencias como la física, la química, la biología deben enfrentarse a algo que los científicos sociales llevan haciendo toda su historia: la probabilidad, el azar. Pero el azar no es relativo, no es postmodernismo, es simplemente otra forma de encontrar el camino con otros mapas.

27 de agosto de 2006

Consecuencias del populismo en Bolivia

En El País, domingo 20 de Agosto de 2006, un artículo publicado por Jorge Marirrodriga titulado La nacionalización boliviana se tambalea pueden leerse cosas como:
“Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia (YPFB), la empresa estatal encargada de gestionar técnica y económicamente el proceso ha paralizado su actividad en <>. Para el Gobierno boliviano se trata de un problema de financiación que es solucionable, al menos para salir del paso, con un préstamo de 180 millones de dólares que concedería a la entidad en Banco Central boliviano, pero tanto la ley como los estatutos del organismo prohíben este tipo de crétido”.
He aquí como la gran medida propagandística del Presidente de Bolivia el Sr. Evo Morales se encuentra con la primera bocanada de realidad económica; una cosa es el populismo y otra la gestión racional y juiciosa de un recurso económico. Bajo la defensa ideológica de lo mejor para el pueblo esgrimida por el ejecutivo boliviano, nos encontramos con la realidad dura y molesta de que las medidas populistas son todo menos favorables al pueblo que se intenta favorecer. Si YPFB no encuentra pronto financiación, posiblemente el suministro a los bolivianos y a los clientes internacionales como Argentina quede cortado, y si ese coste no fuese suficiente, por encima los propios bolivianos tendrán que financiar, vía impuestos, los 180 millones de dólares que necesita la empresa estatal para seguir funcionando.
Pero la cosa continua, y en el mismo artículo podemos leer: “El pasado mayo, Morales ordenó que el BBVA y la aseguradora Zurich, administradores de los fondos de pensiones en Bolivia, traspasaran – sin indemnización de ningún tipo – a YPFB acciones valoradas en al menos 600 millones de dólares en las empresas objeto de nacionalización.” El motivo de esta decisión es doble: por un lado se consigue una representación accionarial importante por parte del Estado en cualquier sociedad que se forme con empresas extranjeras en el país, aumentando el poder del Estado para intervenir según sus intereses en el mercado. Por otro, el gobierno boliviano consigue una gran base de financiación para llevar a cabo sus ideas y proyectos, los cuáles quizás no coincidan con lo que buscan las empresas encargadas de gestionar esos fondos, financiación para proyectos rentables y devolver a sus pensionistas al cabo de un tiempo, un interés por el uso de ese dinero. En un país altamente endeudado y con necesidades de financiación tan grandes como la vista anteriormente, el ejecutivo puede verse tentado a realizar pagos sin contraprestación a los fondos de pensiones, y haciendo que el ahorro de muchos bolivianos vuele sin dejar rastro. Esperemos que por lo menos en este caso el juicio racional si funcione, pero algo me dice que no creo que sea así.
Y avanzando en la noticia encontramos más despropósitos y malas gestiones de YPFB que acaban afectando a los bolivianos: “la Superintendencia de Hidrocarburos (denunció) un contrato firmado por YPFB que presuntamente ha causado un perjuicio de 3,8 millones de dólares.” Y adivinan quién va a pagar el plato roto.
Cuando un Gobierno toma una decisión del tipo de nacionalizar los recursos energéticos, controlar su producción, gestión y distribución, debe realizar una planificación previa para ver si está capacitado para poder hacer lo que pretende. El gobierno del Sr. Evo Morales tomó una medida populista para cumplir con un programa electoral populista sin tener en cuenta las consecuencias no deseadas de su acción, la cual están pagando y pagarán tanto los bolivianos como las empresas extranjeras. Ahora que la imagen de YPFB está en duda y su capacidad para la gestión le desborda, se abren varias vías de solución: doblar la apuesta, acabar con el proceso o la más jugosa para los que gustamos del análisis, “que el parón en el proceso beneficie a un tercer actor en el escenario…” y a que tampoco adivinan quién es el invitado a la cena. Pues Petrosur, la empresa venezolana estatal, “que está en disposición de otorgar tanto financiación como asistencia técnica”.
Y Petrosur nos lleva a Hugo Chavez, el pupilo más adelantado de Fidel Castro en eso de la economía planificada, el anti-imperialismo, el anticapitalismo, y la idea de una Latinoamérica socialista y de izquierdas. Sin embargo, no chocan esas ideas, por otro lado falsas y peligrosas, un verdadero cáncer en la realidad iberoaméricana, con la posible influencia de Petrosur en el mercado boliviano, o es que cuando la gestión de un producto y su producción se realice por un Estado “amigo” resulta más beneficiosa para el pueblo que cuando lo hace una empresa extranjera, que mira principalmente por sus accionistas y clientes. Chavez desea que la República Bolivariana de Venezuela se erija como la luz que guié a los demás países de la región, no por los intereses comunes, sino para satisfacer los egos narcisistas del presidente venezolano. Y eso, por desgracia, tiene un aire mesiánico que recuerda muy mucho los fascismos y dictaduras europeas tanto de izquierdas como de derechas.

17 de agosto de 2006

Los mitos del liberalismo (y II)

Mito #4: El liberalismo es ateísta y materialista, y desdeña la dimensión espiritual de la vida.

No hay ninguna conexión necesaria entre la adscripción al liberalismo y la posición religiosa de cada uno. El liberalismo puede ser encontrado desde posiciones creyentes de cualquier tipo de credo e incluso desde el más puro ateísmo. Por supuesto, no desdeña la dimensión espiritual de la vida, pero considera que esta dimensión es personal, individual, cercenada al plano más profundo e íntimo del individuo y que él no puede determinar que es lo espiritual y que no lo es.
La crítica del materialismo no es nada nuevo, sobre todo en aquellos que suelen quizás confundir liberalismo con capitalismo cuando quieren acusar al segundo y acaban acusando al primero. La escuela de Frankfurt tomó esta idea del materialismo dominante y la exploto de forma increíble, sobre todo Adorno y Marcase, para acusar al sistema de producción capitalista de vaciar de todo contenido espiritual el arte y convertirlo en simple mercancía. Un breve repaso a la historia del arte demuestra que el arte no sólo ha sido arte en el más puro sentido espiritual, sino también un instrumento del poder, de las clases dominantes y, por supuesto, como mercancía. Cuando la dictadura proletaria de la Unión Soviética empezó a censurar toda creación artística que criticase la Revolución Proletaria o cualquier manifestación extranjera que alabase al empresario burgués, se mostró como un sistema donde también lo material influía muy mucho en el arte, por encima de su valor estético y espiritual.

Mito #5: Los liberales son utópicos que creen que toda la gente es buena por naturaleza y que por tanto el control del Estado es innecesario.

Los conservadores tienden a añadir que, puesto que el hombre es vil por naturaleza parcial o totalmente, se hace precisa una severa regulación estatal de la sociedad.
Por el contrario, la mayoría de escritores liberales sostienen que el hombre es una mezcla de bondad y maldad y que lo importante para las instituciones sociales es fomentar lo primero y mitigar lo segundo. El Estado es la única institución social capaz de extraer sus ingresos y su riqueza mediante coerción; todos los demás deben obtener sus rentas o bien vendiendo un producto o servicio a sus clientes o bien recibiendo una donación voluntaria. Y el Estado es la única institución social que puede emplear sus ingresos provinentes del robo organizado para intentar controlar y regular la vida y la propiedad de la gente. Por tanto, la institución del Estado establece un canal socialmente legitimado y santificado para que las personas malvadas cometan sus fechorías, emprendan el robo organizado y manejen poderes dictatoriales.
Podemos aproximarnos a nuestra tesis desde otro ángulo. Si todos los hombres fueran buenos y ninguna tuviera tendencias criminales, entonces no habría ninguna necesidad de un Estado, tal y como conceden los conservadores. Pero si por otro lado todos los hombres son malvados, entonces el caso a favor del Estado es igualmente débil, pues ¿por qué tiene uno que asumir que aquellos hombres que componen el gobierno y retienen todas las armas y el poder para coaccionar a los demás están mágicamente exentos de la maldad que afecta a todas las otras personas que se hallan fuera del gobierno? Tom Paine, un liberal clásico a menudo considerado ingenuamente optimista acerca de la naturaleza humana, rebate el argumento conservador de la maldad humana en pro del Estado fuerte como sigue: “si toda la naturaleza humana fuera corrupta, estaría infundado fortalecer la corrupción instituyendo una sucesión de reyes, a quienes debiera rendirse obediencia aun cuando fueran siempre tan viles...” Paine añadió que “ningún hombre desde el principio de los tiempos ha merecido que se le confiase el poder sobre todos los demás”[1]. Y como el liberal F.A. Harper escribió una vez:
“De acuerdo con el principio de que la autoridad política debe imponerse en proporción a la maldad del hombre, tendremos entonces una sociedad en la cual se demandará una autoridad política completa sobre todos los asuntos humanos... Un hombre gobernará a todos. ¿Pero quién ejercerá de dictador? Quienquiera que sea el elegido para el trono con seguridad será una persona enteramente malvada, puesto que todos los hombres lo son. Y esta sociedad será entonces regida por un dictador absolutamente malvado en posesión de todo el poder político. ¿Y cómo, en nombre de la lógica, puede emanar de ahí algo que no sea pura maldad? ¿Cómo puede ser esto mejor que el que no haya autoridad política alguna en la sociedad?”[2]
El liberal clásico Friedrich Hayek apuntó: “El principal mérito del individualismo [que Adam Smith y sus contemporáneos defendieron] es que es un sistema bajo el cual los hombres malvados pueden hacer menos daño. Es un sistema social que no depende para su funcionamiento de que encontremos hombres buenos que lo dirijan, o de que todos los hombres devengan más buenos de lo que son ahora, sino que toma al hombre en su variedad y complejidad dada...”[3]

Mito #6: Los liberales creen que cada persona conoce mejor sus propios intereses.

Los liberales no asumimos la perfecta sabiduría del hombre más de lo que asumimos su perfecta bondad. Hay algo de sentido común en la afirmación de que la mayoría de los hombres conoce mejor que cualquier otro sus propias necesidades e intereses. Pero no se asume en absoluto que todos siempre conocen mejor sus intereses. El liberalismo propugna que cada uno debe tener el derecho a perseguir sus propios fines como estime oportuno. Lo que se defiende es el derecho a actuar libremente, no la necesaria sensatez de dicha acción.


[1] "The Forester's Letters, III,"(orig. in Pennsylvania Journal, Apr. 24, 1776), en The Writings of Thomas Paine (ed. M. D. Conway, New York: G. P. Putnam's Sons, 1906), I, 149-150.

[2] F. A. Harper, "Try This On Your Friends", Faith and Freedom (January, 1955), p. 19.

[3] F. A. Hayek, Individualism and Economic Order (Chicago: University of Chicago Press, 1948), enfatizado en el curso de su "Why I Am Not a Conservative," The Constitution of Liberty (Chicago: University of Chicago Press, 1960), p. 529.

7 de agosto de 2006

Los mitos del liberalismo (I)

El mito era el relato fantástico que se usaba y se usa aún hoy en día, para dar explicaciones a fenómenos de nuestro entorno natural y social que no comprendemos. Como relato, su capacidad científica es mínima aunque no nula, pues muchos antropólogos nos han enseñado que el mito encierra muchas cosas dentro de su narración que deben ser tenidas en cuenta y analizadas. Pero el mito también es lo falso, lo creído pero errado, lo aceptado pero mil veces desenmascarado por la comunidad científica, que, sin embargo, debido a fuerzas misteriosas no es desterrado del pensamiento humano. Ejemplos de ello tenemos a miles, baste tomar uno sólo: el creacionismo, ahora llamado muy de forma políticamente correcta teoría del diseño inteligente.
En este artículo voy a referirme a los mitos que existen en torno al liberalismo, errores disfrazados de supuestas verdades que siguen colándose entre el conocimiento de los individuos, que impiden ver lo que realmente se esconde detrás de esas falsas afirmaciones. Murray Rothbard publicó en Modern Age, 24, 1 (Invierno 1980), pág. 9-15, “Mito y verdad acerca del liberalismo”, basado en una ponencia presentada en abril de 1979 en el congreso nacional de la Philadephia Society de Chicago. El tema del encuentro fue “Conservadurismo y Liberalismo”. (Puede leerse el original en LewRockwell.com).
En dicho texto el autor nos demuestra que en torno al liberalismo existen seis mitos o creencias fundamentadas pero falsas, que son aceptadas por una mayoría de críticos al liberalismo que toman como base de sus argumentaciones. Sin embargo, como sabemos bien, partir de suposiciones erradas supone llegar a conclusiones erradas, por ello, Murray Rothbard intentaba poner algo de luz para que no se crease mayor confusión.
Mito #1 Los liberales creen que cada individuo es un átomo aislado, herméticamente sellado, actuando en un vacío sin influenciarse con los demás.
Aceptar tal postulado supone admitir que no existe un complejo llamado sociedad, y eso es algo que ningún liberal da por bueno. Los liberales son en método y política individualistas, desde luego, pero en ningún momento afirman que los individuos son sistemas cerrados libres de las influencias de su entorno y de los demás individuos.
Hayek mencionó en su notable artículo “The Non-Sequitur of the’”Dependence Effect’”, el asalto de John Kenneth Galbraith a la economía de libre mercado en su best-seller “The Affluent Society“ se cimentaba en esta premisa: la economía asume que cada individuo llega a su escala de valores de un modo totalmente independiente, sin estar sujeto a la influencia de nadie más. Hayek responde que todos saben que la mayoría de gente no produce sus propios valores, sino que es instigada a adoptarlos de otras personas. Ningún individualista o liberal niega que la gente se influencie mutuamente todo el tiempo, y por supuesto no hay nada de nocivo en este ineludible proceso. A lo que los liberales se oponen no es a la persuasión voluntaria, sino a la imposición coercitiva de valores mediante el uso de la fuerza y el poder policial.

Mito #2: Los liberales son libertinos: son hedonistas que anhelan estilos de vida alternativos.
Recientemente Irving Kristol, quien identifica la ética libertaria con el hedonismo, asevera que los liberales “veneran el catálogo de Sears Roebuck y todos los estilos de vida alternativa que la afluencia capitalista permite elegir al individuo”. El hecho es que el liberalismo no es ni pretende ser una completa guía moral o ascética, sino sólo una teoría política, esto es, el significado subconjunto de la teoría moral que versa sobre el uso legítimo de la violencia en la vida social. El liberalismo sostiene que el único papel legítimo de la violencia es la defensa de la persona y su propiedad contra la agresión, que cualquier uso de la violencia que vaya más allá de esta legítima defensa resulta agresiva en sí misma, injusta y criminal. Lo que haga una persona con su vida es esencial y de suma importancia, pero es simplemente irrelevante para el liberalismo.

Mito #3: Los liberales no creen en los principios morales; se limitan al análisis de costes-beneficios asumiendo que el hombre es siempre racional.
Hay liberales, particularmente los economistas de la escuela de Chicago, que rechazan la libertad y los derechos individuales como principios morales, y en su lugar intentan llegar a conclusiones de política pública sopesando presuntos costes y beneficios sociales.
Lejos de ser inmorales, los liberales simplemente aplican una ética humana universal al gobierno del mismo modo que cualquier otro aplicaría esta ética a cada persona o institución social. En concreto, como he apuntado antes, el liberalismo en tanto que filosofía política que versa sobre el uso legítimo de la violencia, toma la ética universal a la que la mayoría de nosotros nos acogemos y la aplica llanamente al gobierno. Los liberales no hacen ninguna excepción a la regla de oro y no dejan ninguna laguna moral, no aplican ninguna vara de medir distinta al gobierno. Es decir, los liberales creen que un asesinato es un asesinato y que no deviene santificado por razones de estado si es perpetrado por el gobierno. Nosotros creemos que el robo es un robo y que no queda legitimado porque una organización de ladrones decida llamarlo “tributos”. Nosotros creemos que la esclavitud es esclavitud incluso si la institución que la ejerce la denomina “servicio militar”. En síntesis, la clave en la teoría liberal es que no concede excepción alguna al gobierno en su ética universal.
Por tanto, lejos de ser indiferentes u hostiles a los principios morales, los liberales los consuman siendo el único colectivo dispuesto a extender estos principios por todo el espectro hasta al gobierno mismo.
La coerción atrofia la moralidad porque priva al individuo de la libertad para ser moral o inmoral, y entonces necesariamente despoja a la gente de la posibilidad de ser virtuosa. Paradójicamente, pues, la moral obligatoria nos sustrae la oportunidad misma de actuar moralmente.
Es además especialmente grotesco dejar la salvaguarda de la moralidad en manos del aparato estatal, es decir, ni más ni menos que la organización de policías, gendarmes y soldados. Poner al Estado a cargo de los principios morales equivale a poner al zorro al cuidado del gallinero.

CONTINUARÁ…