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25 de octubre de 2009

La ciencia española no necesita tijeras.

Los presupuestos del 2010 elaborados por el Ministerio de Economía han hecho saltar las alarmas por reducir las partidas presupuestarias que se dedican a las políticas de I+D+i. Ello originó una respuesta de disconformidad entre nuestros científicos e investigadores, que entre las muchas iniciativas emprendidas para dar a conocer dicho descontento, se encontraba el colocar un cartel de protesta en los diferentes blogs y páginas web como muestra de repulsa por la reducción presupuestaria (ver imagen aquí).

Un muy buen amigo mío se hizo eco de la iniciativa en su blog, y opinaba que: "el I+D es el comienzo de todo. Todo en alguna vez fue I+D. Sin I+D no avanzamos, el I+D actual son los estudiosos del ayer, los ilustrados, los enciclopédicos." No voy a ser yo quien le quite la razón, porque además de no poseer la facultad para quitar o conceder la misma, comparto con él su opinión. Lo que si voy hacer es matizar algunas ideas sobre la I+D, a la que considero que se debe añadir algo fundamental, la "i", o lo que es lo mismo, la "innovación".

La Fundación COTEC define en su publicación "Innovación tecnológica. Ideas básicas." (2001) el I+D como "el trabajo creador que, emprendido sobre una base sistemática, tiene por objeto el aumento del conocimiento científico y técnico, y su posterior utilización en nuevas aplicaciones (Freeman, 1975). Es el mecanismo generador de aquellas tecnologías y conocimientos propios con las que la empresa pretende potenciar o desarrollar sus productos, procesos y servicios. La amplitud de este objetivo hace que la I+D, a su vez, deba incluir una serie de actividades que persiguen resultados diferentes aunque conectados entre sí. La I+D comprende dos actividades básicas: la investigación básica, que persigue determinar nuevos conceptos o principios científicos, aunque no posean una utilidad directa; y la investigación aplicada, encaminada a buscar utilidad a los conocimientos adquiridos por la investigación básica, demostrando cuáles pueden ser sus aplicaciones y ventajas sobre soluciones ya conocidas. "

De lo anterior podemos deducir que la investigación y el desarrollo son importantes ya no sólo por las posibles aplicaciones futuras del descubrimiento, sino por el mero hecho del descubrimiento científico. Abarcamos así las dos dimensiones básicas de la ciencia y el conocimiento científico que yo denomino por un lado ciencia clásica, y por otro lado, ciencia moderna.

a) La ciencia clásica se caracteriza por la búsqueda del conocimiento con el fin de avanzar en la compresión de la realidad que nos rodea. Su meta es responder a las grandes preguntas.

b) La ciencia moderna se caracteriza por sumar a la ciencia clásica las posibles aplicaciones tecnológicas de los descubrimientos científicos. Su meta además de responder a las grandes dudas científicas del ser humano, es aplicar dichos conocimientos para logar avances tecnológicos que permitan el desarrollo económico y social de la humanidad.

La I+D es parcela de la ciencia clásica, sin embargo, la I+D+i es terreno de la ciencia moderna. Pero, ¿tiene esto alguna importancia, o se trata de simplemente matices retóricos? La respuesta es clara: tiene una importancia máxima.

Cualquier política que se centre únicamente en la Investigación y el Desarrollo, es coja e incompleta. ¿Por qué?, pues porque el ámbito de la ciencia clásica es elitista, es decir, sus resultados no llegan a las esferas ajenas al mundo de la ciencia. Debo decir en mi posible defensa que ello no es algo que carezca de valor, todo lo contrario. Sin embargo, el progreso que nos rodea se debe a los avances tecnológicos que ha producido y produce la ciencia moderna. Ésta es democrática porque nos hace a todos partícipes de los resultados de la I+D. Gracias a la ciencia moderna, a la innovación, al sumar la "i" en nuestra operación, poseemos todas las maravillas tecnológicas que nos rodean, desde la simple electricidad hasta nuestro más moderno aparato de telefonía móvil. Sólo una política que abarque la expresión completa de "I+D+i" puede producir resultados óptimos.

Ello me lleva a una nueva pregunta: ¿quién realiza la innovación?, pues multitud de personas, pero principalmente dos: los ingenieros y los emprendedores. Sobra decir que la cima se logra cuando nos encontramos con ingenieros emprendedores. Los ingenieros, a pesar de pecar de simplista, pueden ser definidos como aquellos que recojen las telas de los científicos y tejen los hilos de la tecnología dando lugar a mil y un productos. Los emprendedores son seres raros que a pesar de temer al riesgo, no se dejar paralizar por él y se lanzan a realizar proyectos de todo tipo en busca de un fin, por lo general, económico. Ambos comparten una característica en común: la satisfacción de necesidades.

Y esa característica entronca directamente con la definición de innovación que ofrece la Fundación COTEC: "La innovación, consistente en la aplicación comercial de una idea. Para el propósito de este estudio, innovar es convertir ideas en productos, procesos o servicios nuevos o mejorados que el mercado valora. Se trata de un hecho fundamentalmente económico que, incrementa la capacidad de creación de riqueza de la empresa y, además, tiene fuertes implicaciones sociales. Esta definición debe ser entendida en un sentido amplio, pues cubre todo el espectro de actividades de la empresa que presuponen un cambio substancial en la forma de hacer las cosas, tanto en lo que se refiere a los productos y servicios que ella ofrece, como a las formas en que los produce, comercializa u organiza."

Podemos preguntarnos, llegados a esta altura del camino, si el gobierno y por tanto, los presupuestos, tienen en cuenta todo lo expuesto en las líneas anteriores. Básicamente, si las partidas presupuestarias tienen una visión de la ciencia como ciencia clásica o bien como ciencia moderna. Lamentablemente, la dimensión que año tras año domina es la primera. ¿Por qué? Por la situación de nuestros ingenieros (tema tratado anterior mente en esta entrada), y por la dificultad de desarrollar una cultura emprendedora en nuestro país. Pero eso es otro tema.

22 de octubre de 2007

¿Por qué funciona la economía?

Nobleza obliga antes de nada, dejar claro que por supuesto que no tengo una respuesta a tamaña pregunta anunciada en el título del artículo. El por qué funciona la economía se eleva a cuestiones tales como las que debatían los filósofos antes de la ruptura con la metafísica que propone Inmanuel Kant , y por lo tanto, no soy yo la persona con la sapiencia necesaria para dar ni siquiera una vaga respuesta aceptable, sino pequeños balbuceos parecidos al de un niño pequeño cuando empieza hablar. Por ello, he preferido dar paso a uno de los economistas más interesantes y más importantes de finales del siglo XX (y del presente, pues sigue aportando su sabiduría aún) como es William J. Baumol.
Mi interés por la pregunta que tratamos viene desde que descubrí los complejos entramados que presenta el sistema económico capitalista y comprobar que a pesar de su caos, las soluciones que aporta no son todo lo negativas que muchos anti-capitalistas y anti-sistema defienden a ultranza. Curiosidad prematura que experimentó un nuevo impulso al ver el programa REDES nº 442, en el cuál se hacían la misma pregunta. Aprovechar para decir que se trata de un programa este que deberían poner en todas las facultades de ciencias sociales de este país, sobre todo en aquellas donde aún se encuentra instalado la fragancia, algo muerta ya, de marxismos, estructuralismos, socialismos de todo tipo y neo-hippies post-materialistas, todos ellos más proclives a criticar el capitalismo que a reconocer alguna de sus virtudes.
No voy a reproducir aquí la entrevista que el presentador del programa y director del mismo, Eduard Punsent realiza al profesor Baumol, sino detenerme en aquellos detalles que más han llamado mi atención sobre el tema que tratamos.
La primera afirmación sorprendente es que según Baumol, lo llamativo ya de las actuales economías capitalistas no es el capital entendido en su concepción más clásica; sino que ese capital debe ser hoy en día definido en conceptos tan importantes como innovación y tecnología. Es lo que ya muchos economistas vienen defendiendo como la nueva economía del conocimiento, dónde las ventajas competitivas ya no se encuentran los factores clásicos de tierra, trabajo y capital monetario, que sin perder su importancia se ven relegados a un papel secundario por la innovación y el desarrollo tecnológico. Si una economía nacional o una empresa desea realmente ser competitiva ya no debe preocuparse ya tanto por el capital, los recursos naturales o la tierra sino por el desarrollo tecnológico. Idea esta que ya en el gran economista del desarrollo como Robert M. Solow enunció en su indispensable artículo de 1956 “A Contribution to the Theory of Economic Growth” publicado por The Quarterly Journal of Economics.
La economía del conocimiento supone una de las mayores respuestas del capitalismo a sus críticos, empeñados todavía en ver todo los males del mundo en términos de dominación de clase o enorme desigualdad de poder económico entre proletario y capitalista burgués. El conocimiento se encuentra en todas partes, en cualquier lugar y momento como han demostrado las mayores empresas tecnológicas del mundo como Microsoft o Google, creadas en un garaje. Pero no sólo en el mundo desarrollado, sino que gracias a la globalización, ese conocimiento se expande y distribuye por todo el globo, como buena muestra de ello es Irlanda que basó su crecimiento económico en una fe ciega en el conocimiento o la India, que con igual fe, prefiere un crecimiento menos fuerte que el Chino pero más basado en pilares tan fuertes como el desarrollo tecnológico e informático.
El capitalismo nos muestra gracias a la innovación que la mejor forma de enriquecerse, conseguir poder y prestigio ya no es como en otros sistemas, ir cobrando sobornos o impuestos, sino innovar en todo momento. Baumol nos da una maravillosa lección de liberalismo económico que muchos intervencionistas deberían tener en cuenta y hacerles dudar sobre los beneficios de aumentar constantemente el cobro de impuestos para mantener un enfermo Estado de Bienestar, o interponer las menos barreras posibles para dejar a la innovación crecer en toda su plenitud.
Otra afirmación realmente sorprendente es que no todo monopolio es negativo, sino que existe un tipo de monopolio, el oligopolio, que dentro de unos límites es realmente beneficioso para todos. Y lo es porque volviendo al primer punto, permite el desarrollo de innovación y tecnologías a mayor escala, reduciendo su coste y favoreciendo en mayor medida su propagación a todos los consumidores. Recurre Baumol a un ejemplo muy gráfico como es el primer avión de los hermanos Wright, en el cual muchos nos pensaríamos dos veces volar a cualquier lugar del mundo; sin embargo, los grandes oligopolios como Airbus o Boeing han invertido cantidades ingentes de dinero para lograr aviones más cómodos, rápidos y seguros. Pensemos que la concentración empresarial no es mala en sí, ya que lo que busca en todo momento es una asignación más eficiente de los recursos y por lo tanto, una reducción de los costes o una mayor capacidad inversoras para desarrollar nuevos productos. Así que a pesar del mito muy difundido que grandes conglomerados son perjudiciales por su enorme concentración de poder y riqueza, debe expandirse más el logos de una visión de estos conglomerados como origen de desarrollo, innovación y nuevas tecnologías a mejor precio.
Resumiendo, podemos afirmar que si el capitalismo a triunfado es gracias, en opinión de Baumol, a su capacidad innata para innovar contastemente. ¿Pero es que no existe un punto negativo o negro? Claro que si, la contaminación está ahí y los procesos de innovación y desarrollo tecnológico han permitido que algo tan sofisticado como un arma, pueda hoy en día ser adquirida a un precio ridículo en comparación a hace treinta o cuarenta años. Sin embargo, el sistema capitalista tiene la suficiente capacidad dinámica y de feed back para dar soluciones a esos problemas si se desean dar, y de hecho, en el caso de la contaminación, estamos viviendo una época de revolución en tecnologías e innovaciones impresionantes en energías verdes. Así creo que podemos afirmar bien alto que “¡El capitalismo ha muerto, viva el capitalismo!”.