27 de julio de 2005

¿Quién teme al libre mercado?

Quiero comenzar esta reflexión del poder de las multinacionales con dos citas, la primera de Alí Laidi en Le Monde Diplomatique: “Es una guerra silenciosa. Un conflicto ahogado por el ruido de la cruzada del Bien contra el Mal que se lleva a cabo desde el 11 de Septiembre de 2001. Sin embargo, las víctimas son numerosas: no hay muertos ni heridos, si no empleados, inválidos para el trabajo y excluidos de la sociedad. Los fundamentos mismos de la sociedad se ven afectados. Las empresas constituyen los principales actores de esta guerra económica en la cual se enfrentan con o sin complicidad de los Estados. Guerreros de cuello blanco sin fe ni ley que se olvidan de las leyes comerciales, se burlan de la ética y sólo tienen una religión: el aumento de los márgenes de ganancia.” [1]

En la segunda cita quiero hacer un pequeño juego, no citaré al autor hasta que lo considere oportuno, para que el lector intente adivinar de quien se trata: “En la carrera por la riqueza, los honores y los ascensos, el hombre puede correr tan deprisa como le sea posible y tensar cada uno de sus nervios y músculos para dejar atrás a sus competidores. Pero si empuja o tira por tierra a alguno de ellos se termina la indulgencia del espectador. Esto es violar el reglamento, no jugar limpio, y eso no puede permitirse”.

Existe por lo visto entre los intelectuales del mundo, cabezas pensantes que alumbran el oscuro camino del resto de individuos, una aversión hacia el capitalismo y el sistema de mercado. Desconozco si dicha repugnancia se produce o por su desconocimiento del tema o por el contrario, debido a que son auténticos expertos poseen la capacidad de ver cosas que el resto de los simples mortales no vemos; personalmente me inclino por la primera opción.

Lo que realmente desde luego parecen desconocer mis amigos los intelectuales deslumbrados es los fundamentos teóricos en los que se basa el capitalismo y el sistema de mercado, porque sino difícilmente se puede defender posturas como que el mercado funciona mejor sin trabas ni leyes, que el capitalismo no necesita del derecho más que para defender la propiedad privada y que el estado es un simple pelele al servicio de los intereses económicos. Todas estas sandeces y otras muchas quedan en agua de borrajas con la siguiente cita de Adam Smith: “Aquella seguridad que las leyes británicas dieron a cada uno de sus habitantes para que cada uno pudiera gozar del fruto de su trabajo es, por sí sola, suficiente para hacer que florezca cualquier nación...” (SMITH, A.: 1776 (1992), 481). [2]

Como muy bien indica Amando de Miguel: “La desconfianza respecto al mercado proviene de la errónea suposición de que en las relaciones económicas espontáneas o libres –sin intervención del Estado – siempre triunfan los fuertes o los grandes. Véase el argumento en un editorial de Cuadernos para el Dialogo (enero de 1965): “Una simple comprobación de la vida social nos lleva a la evidencia de que allí donde no interviene una autoridad reguladora superior, la fuerza misma de las relaciones económicas –montadas sobre desigualdades de clase y permanentes procreadores de estas – perjudica necesariamente a los más débiles” (p. 4). No hay tal evidencia. Son muchos los casos en los que David vence a Goliat. Es más, también hay muchos ejemplos en los que la “autoridad reguladora superior” refuerza la posición de los fuertes. Durante los años setenta el equipo de Cuadernos para el Diálogo sostuvo la conveniencia de nacionalizar los bancos. (Se decía “socialización de la Banca”). En lo cual coincidía con uno de los “puntos” de la Falange Española, lo que no deja de ser divertido” (MIGUEL, AMANDO DE: 2003, 116-117). Y continua el sociólogo diciendo: “La idea de libertad de mercado no desplaza, sino que refuerza la de un Estado bien organizado. Aunque parezca paradójico, el mercado solo puede funcionar bien si hay un Estado que mantiene un Gobierno honrado, una Justicia independiente y un orden público con la máxima seguridad. Añádase una estricta lista de servicios públicos realmente eficientes, que no tienen por qué ser los mismos siempre.” (MIGUEL, AMANDO DE: 2003, 123)

Partiendo desde esta perspectiva, más apropiada para el análisis del abuso de las multinacionales que el ataque simple y superficial al capitalismo y el sistema de mercado; podemos indicar que el comportamiento de aquellos agentes económicos que no cumplan la normativa legal deben ser sancionados, y que es bueno que el sistema lo haga para su propia supervivencia. Pero es que a mayores, el sistema de mercado ofrece una doble pena, la que supone la perdida de clientes, pues los consumidores no perdonan a las compañías comportamientos incorrectos.

El sistema de mercado, con la defensa de la libertad que lleva implícito, permite que los propios individuos puedan pedir explicaciones sobre el funcionamiento correcto o no de las multinacionales y actuar en consecuencia. El mercado no se define sólo desde el lado de la oferta, sino que la oferta no es nada sin la demanda, sin los consumidores, que son los que al final deciden comprar y con esa compra son los responsables de los aumentos de los márgenes de beneficios. Si el consumidor decide que los productos que consume deben poseer una serie de valores como calidad y precio; puede exigir también como valor añadido todas las reivindicaciones como la no explotación de menores, la conservación del medio ambiente, etc, etc.

El mercado con su propio funcionamiento expulsa fuera a las empresas poco eficaces, las poco productivas, las menos rentables; y para poder ser eficaz, productiva y rentable, dedique a lo que se dedique cualquier empresa, es vender y convencer a un consumidor, si no lo consigue, posiblemente el mercado acabe echándola o cambiando su forma de actuar en él.

Por cierto, la cita es de Adam Smith.


BIBLIOGRAFÍA:

[1] Alí Laidi: La guerra económica, el eterno conflicto de las grandes potencias en Le Monde Diplomatique, Marzo 2005, nº 113; Ediciones Cibermonde S. L. Valencia.


[2] Adam Smith (1776): Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. La negrita de la cita es mía.

[3] Amando de Miguel Rodríguez (2003): Las ideas económicas de los intelectuales españoles. Colección Tablero, Instituto de Estudios Económicos. Madrid.

0 comentarios: